Juan Gastaldi, humildad y superación

Su historia es similiar a la que narra la película Inseparables, que protagonizan Oscar Martínez y Rodrigo de la Serna. El 29 de agosto del año pasado sufrió una lesión en un partido del CASI que lo dejó cuadripléjico. Después de seis meses de rehabilitación en el Fleni, volvió a su casa y retomó Economía Empresarial en la Universidad Di Tella. A los 21, Juan no se rinde: “Aprendí que puedo seguir haciendo lo que quiera”.

Se me apagó el cuerpo. Fue como si hubieran apretado un botón. Escuché un ¡crac! y de pronto estaba en el piso”, recuerda Juan Gastaldi (21) sobre ese instante en el que se lesionó jugando al rugby en su club, el CASI (Club Atlético San Isidro), el 29 de agosto del año pasado. Fue en un partido de Intermedia contra Atlético de Rosario.

En medio del scrum, Juan recibió un golpe que lo dejó inmóvil en el suelo: “Estuve todo el tiempo consciente. Nunca me desmayé. Se me acercó el médico del club y le dije: ‘Eric. No puedo mover nada’. Me sacaron de la cancha en ambulancia, pero no podía ir rápido porque había empedrado. Me llevaron a Fleni, en Belgrano. Me acuerdo que me dolía mucho el cuello… Más tarde me durmieron y me desperté al día siguiente”, relata sobre la noche en la que se “lastimó”, como él se refiere a su rotura de la cuarta vértebra y desplazamiento de la quinta, accidente que lo dejó cuadripléjico.

A las pocas horas, al juvenil del CASI lo estaban operando: “Me enderezaron la vértebra desplazada; me sacaron mucho hematoma y me pusieron una placa, fijada con un hueso que me sacaron de la cadera. Recién en terapia intermedia me empecé a dar cuenta de lo que pasaba… No podía hacer nada. Era un embole”, agrega sobre los 21 días que pasó en la sede de Belgrano, que seguirían con seis meses en el centro de rehabilitación de Escobar, hasta que el 17 de marzo llegó a su casa de Acassuso, donde hoy recibe a GENTE.

–¿Cómo estás hoy clínicamente?
–Tengo flexión de codos, movilidad en los hombros y antebrazo. Pero la muñeca no… Es difícil que llegue a mover algo más. Mi lesión es a nivel cervical en la cuarta y quinta vértebras. Sí puedo fortalecer músculos. Y cuando lo haga, voy a poder hacer transferencia de tendones, del músculo supinador –que está en el antebrazo– a la muñeca, para que no esté caída. Para mejorar hago terapia ocupacional, voy al psicólogo y hago kinesiología tres veces por semana. Sé que puedo ganar fuerza. Conozco a una chica que lleva cuatro años de lesión y sigue avanzando.

ENTORNO QUE FORTALECE. Juan vive con sus padres, y es el tercero de cuatro hermanos (los otros son Guido, Mariano y Pedro). Cuando volvió a su casa pusieron una rampa en la entrada, adaptaron un baño y le armaron el cuarto en la planta baja. “Para mi familia todavía hay mucho por aprender. Bah, para mí también. Mamá se preocupa por demás, a veces. Pero es entendible. Mis hermanos siempre están para ayudarme. Y papá me impulsa a que haga los ejercicios de recuperación al pie de la letra. Al principio sólo podía flexionar un codo… Pero ejercitando empecé a hacer todo de nuevo. Desde lavarme los dientes a comer. Me reeducaron. Y le enseñaron a mi familia y amigos cómo moverme. Lo de ellos fue impecable. No pasé un solo día en Escobar sin que alguien viniera a visitarme. Y lo de la gente del club fue impresionante. Ni bien me lastimé, crearon un fondo de donaciones. La obra social cubre mucho, pero otra parte sale de ese fondo. Enfermeros, por ejemplo. Lo bueno es que, además de mi familia, el fin de semana me ayudan mis amigos”, explica.

–Contame quién te cuida todos los días.
–Tengo un enfermero de noche, por si necesito algo. Y durante el día, a Luis, que es como el de la película Inseparables. Me lleva y me trae a Fleni y a la facultad. Me ayuda a bañarme y a hacer pis. Me corta la comida. Me sube y me baja del auto, algo que voy a poder hacer solo cuando tenga un poco más de fuerza. Lo bueno es que Luis tiene 23 años. Casi mi edad. Lo llamé porque habíamos pegado buena onda en Fleni, donde trabaja de camillero. Debés tener onda con la persona que te ayuda, porque convivís mucho tiempo… Si bien no entra conmigo a clase, cuando salgo almorzamos, por ejemplo. Si no nos lleváramos bien, sería un embole.

–¿Tratás de ponerles humor a ciertas situaciones?
–Fleni me ayudó en eso. Creé vínculos fuertes con los otros chicos que estaban rehabilitándose. Nos reímos de nuestras desgracias. Ahora tengo un humor negro fuertísimo. Me sale solo. Nadie me lo enseñó. Y a todos nos pasa lo mismo.

LA VIDA DE SIEMPRE. Hace quince días, Juan retomó Economía Empresarial en la Universidad Di Tella. “Antes me dedicaba a ir a la facultad y al rugby. Ya no puedo jugar, pero estudiar, sí. Arranqué este segundo cuatrimestre. Y estoy justo en la mitad de la carrera”, asegura.

–¿Por qué quisiste volver?
–Cuando llegué a casa, en marzo, tenía mucho tiempo libre y no sabía qué hacer. Me puse clases de inglés, para estar ocupado. El psicólogo me sugirió que arrancara en la facultad como oyente, para probar… Y no fue grave… ¡lo jodido es estudiar! Entrar, con o sin silla, ¡es lo mismo!

–¿No te incomodó la mirada de la gente?
–En la facultad ya no. Me molestaba al principio… Cuando estaba en Escobar y me dejaban libre un fin de semana, no quería salir. Sentía que tenía cien ojos encima. Mi primera ida al cine fue una cagada. Hasta que me di cuenta de que los únicos curiosos son los nenes. La gente no te da ni bola. Es uno, que se hace la cabeza.

–Me imagino que a veces te enojás con la vida por lo que te pasó.
–Al principio… Ni bien me lastimé, cuando estaba por hacerme la tomografía, dije: “Se me arruinó la vida”. Ahora lo asumí. No tuve muchas crisis. Sólo un par. Y siempre fueron asociadas a alguna complicación física, como las infecciones urinarias. Ahí sí, ¡todo se iba a la mierda! Hasta que un fin de semana, en noviembre, vi una entrevista de Alexis Padovani (un chico con una lesión parecida), en la que contaba cómo le dijeron que no iba a volver a caminar. Dejé pasar el fin de semana y el lunes le pregunté a mi kinesiólogo: “¿Ya está? ¿No camino ni en pedo, no?”. Y me contestó: “No. Ya está”.

–Entonces…
–Entonces, ¡a otra cosa! No me angustió. Me sirvió para aceptarlo. Porque yo no me siento un ejemplo, como me decías vos. No hice nada más que rehabilitarme. Vivo como todos, con lo que tengo. Es como antes, excepto por el rugby. En Fleni no quieren que vos te vayas caminando, sino que te vayas habiendo adquirido la mayor independencia posible. Yo sé que siempre voy a necesitar algo de ayuda. Incluso cuando me vaya a vivir solo…

–¡¿Te vas a ir a vivir solo?!
–En algún momento… ¡Como todo el mundo! Salgo con mis amigos, como antes. Pienso: “Si antes hubiera ido, tengo que ir ahora”. No soy ni el primero ni el último discapacitado. Aprendí que una escalera no me va a impedir hacer lo que quiero. Siempre va a haber un amigo para ayudarme cuando haya un pozo o un empedrado. Trato de que ése sea mi lema. Porque si no, empezás a poner la silla como excusa. Y yo, en lugar de tener pies, tengo dos ruedas. Nada más.

Por Ana van Gelderen (Revista Gente)
Fotos: Fabián Mattiazzi.

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